Aspe

De nuevo nos ponemos en marcha en Pirineos occidentales, después de casi 2 años y casualmente lo hacemos en el mismo lugar donde lo dejamos. Valle de Aisa.
Hoy, hay que añadir al recorrido habitual 3km de carretera extra, sólo con pensar que arriba dan pintxos de txistorra gratis, devoramos los palos de las ruedas. La llegada al valle siempre es apoteósica.
Hoy, subimos con la calma, poliki poliki, hay que dejar a la alfombra cocinarse al pil-pil, en un buen ambiente nos cruzamos con mucha gente, como Erlantz y Juanjo.
También estamos un ratín con Ana Salvador y su hermana, pero ellas van a otro ritmo.
Qué gusto da subir aquí arriba de nuevo, todo legal, bueno casi todo… Vistas, las de siempre, las buenas, las que quisieramos ver cada día desde la ventana de casa. Miramos desde arriba y nos preguntamos por qué hay tanta gente abajo… Ellos se lo pierden.
Por fín nos llega la hora. Hoy esquiamos hasta la puerta del coche. Qué bueno suena eso. La nieve «oso goxua».
Hoy me he juntado con una buena cuadrilla de Ormaizti y alrededores, ideal para día de poca prisa, grupeta y charla, chistes y risas. Debatimos sobre la teoría de la relatividad y de la juventud, estos últimos recuerdos siempre censurables… Maldita juventud, no teniamos idea buena.
Eren, mutiko oso jatorra y esquiador muy completo, compartimos espalda complicada de entender y nos acompañamos en el sentimiento, hoy molesta más que ayer, pero menos que mañana…
Este paño lo teniamos fichado desde la subida. Cuando se sube, hay que reconocer el entorno, siempre. Los sucesivos circos en la cara sur del Aspe permiten situarse siempre en la zona mejor transformada según la hora del día.
Aunque lo cierto es que hoy la nieve ha transformado hasta cierto punto y ya, de manera que se podía esquiar en vertiente este a las 14:00 sin ningún problema.
Para acabar comemos en Aisa, hay dos restaurantes. Elegimos el que queda por debajo de la carretera principal bajando una cuesta. Acertamos de lleno. menú 22€. Comida de lujo y completa. Para volver.
En este valle nos cruzamos hace unos años con un Oso, una experiencia bonita y aterradora a la vez. Hoy lo único aterrador es caerte cruzando el río y que el documento quede inmortalizado.

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AGUR

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